Yo era la persona más feliz del mundo, hasta que de pronto se me acercó un niño sin hogar, señaló mi collar y susurró tres palabras que me dejaron en estado de shock.
Aquella noche estaba sentado en la terraza de uno de los mejores cafés de la ciudad, disfrutando una taza de té, cuando de repente, desde la distancia, se acercó un niño sin hogar, señaló el colgante que llevaba en el cuello y empezó a llorar.

Mi esposa había fallecido hacía varios meses en un accidente de tráfico, y ese colgante era el último recuerdo que conservaba de ella.
Después de su muerte, llevé el colgante a un artesano y pagué para que colocara una fotografía de mi esposa en el centro, para poder tenerla siempre cerca de mi corazón.
— ¿Qué ocurre? — le pregunté.
El niño, sollozando, miró la foto y dijo que la mujer del colgante estaba al final de la calle. Me quedé mirándolo unos segundos, intentando comprender cómo podía decir semejante cosa.
Parecía imposible, contrario a toda lógica, pero el niño repitió las mismas palabras y me llevó de la mano hacia el final de la calle para que yo mismo viera a mi esposa.
Sentí que el corazón se me detenía por un instante; no creía en las palabras del niño, pero algo dentro de mí se estremeció. Cuanto más avanzábamos, más pesados se volvían mis pensamientos.
Cuando llegamos al final de la calle y vi a la mujer que el niño señalaba, mi mirada quedó congelada de shock.
La continuación podía verse en el primer comentario.

Me quedé paralizado, sin poder creer lo que veía. La mujer estaba de pie en la sombra de una pared, ligeramente inclinada, como si intentara ocultarse. Su rostro me resultaba inquietantemente familiar: los mismos rasgos, los mismos ojos que había recordado cada día desde la muerte de mi esposa.
— ¿Elena? — susurré, sin atreverme a acercarme más.
Ella levantó la mirada, y ese momento pareció eterno. En sus ojos había una mezcla de sorpresa, miedo y… reconocimiento. No dijo nada, pero su mirada habló por ella.
La mujer se acercó a mí, y entonces comprendí cuán parecida era a mi esposa, como si fueran gemelas por su parecido.
Al principio no entendía qué estaba pasando, pero tras escuchar mis explicaciones sobre por qué estaba allí, y después de mirar mi colgante, también notó el increíble parecido entre ella y mi mujer.
La situación comenzó a aclararse, y mientras observaba la calle por un instante, entendí que todo había sido simplemente un malentendido.