Estas hermanas siamesas nacieron unidas por la cabeza.
La operación para separarlas fue muy complicada, ya que los médicos no solo tuvieron que dividir los huesos del cráneo, sino también partes del cerebro.
Las niñas tenían apenas 10 meses cuando los doctores realizaron la cirugía y, por suerte, fue un éxito.
Hoy las niñas tienen 9 años. Por supuesto, su desarrollo es un poco diferente al de sus compañeros de la misma edad, pero en general viven como cualquier persona normal.
¿Quieres saber cómo se ven las hermanas ahora?

Erin y Abby Delaney nacieron en julio de 2016 en Filadelfia.
Las niñas llegaron al mundo como siamesas de un tipo extremadamente raro: craneópagas, es decir, unidas por la cabeza.
Sus cráneos y parte de las membranas cerebrales estaban fusionados, y los médicos sabían desde el principio que sin una compleja intervención quirúrgica no podrían vivir mucho tiempo.
Cuando cumplieron apenas un año, los médicos tomaron una decisión crucial: realizar la operación para separarlas.
A los padres les dijeron la verdad desde el principio: una de las hijas, con gran probabilidad, no sobreviviría.
Separar los huesos del cráneo era posible, pero dividir un cerebro del otro era una tarea casi de nivel espacial.
Los neurocirujanos lo sabían bien: un error de tan solo un milímetro podía costarles la vida o dejarlas con una grave discapacidad.

La operación duró más de diez horas. Fue un trabajo delicado de todo un equipo de cirujanos y especialistas.
Pero lo increíble sucedió: la cirugía fue un éxito y ambas niñas sobrevivieron.
Después comenzó un largo camino de rehabilitación. Erin y Abby tuvieron que aprender rápidamente lo que otros niños ya sabían hacer desde hace tiempo: sostener la cabeza, sentarse, moverse.
El cerebro separado tuvo que “aprender” a funcionar bajo nuevos principios. No fue nada fácil, pero siempre contaron con médicos, padres y personas que las amaban.

El mayor milagro fue que, por primera vez, las hermanas pudieron abrazarse.
Su madre confiesa que a menudo se quedan dormidas abrazadas, y para ella esa es la imagen más valiosa del mundo.
Hoy, después de varios años, Erin y Abby siguen creciendo y alegrando a su familia. Ya tienen 9 años.
Claro que su desarrollo es un poco diferente al de los demás niños: deben acudir con más frecuencia a los médicos y continuar con terapias de rehabilitación.

Aun así, estudian, ríen, juegan y llevan una vida como la de cualquier otro niño.